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Daniel Zamudio y Valeska Salazar: cruces, silencios, masculinidad

Por Iris “Toli” Hernández

Con rabia me enteré de la agresión que sufrió Valeska Salazar. La joven es una lesbiana de 16 años que vive en Santa Juana, una localidad rural cerca de Concepción. Con más rabia descubrí que esta agresión no era la primera ¡Era la quinta! Ira me da pensar en que –si seguimos la secuencia– completó la sexta agresión, pues el 17 de julio primero la apuñalan en su casa y luego la vuelven a agredir en el centro de atención de salud a donde fue llevada con urgencia.

Después del de Daniel Zamudio, este es probablemente uno de los casos más violentos que se han cometido en contra de la denominada diversidad sexual. Sin embargo, la reacción social fue de lo más tibia. El viernes 20 y el sábado 21, era la pichula el tema que mantenía entretenida a la gente en Twitter, según lo que marcaban los Trending Topics.

Paradójico, por decir lo menos. ¿Por qué Zamudio “prendió” en Twitter y Valeska no?
Daniel posee un carácter de ángel –no son pocos los favores que se le solicitan–, que es la síntesis de un proceso de limpieza a full que borró a “la loca” que había en su corazón y que se vestía de Britney Spears mientras soñaba con ser modelo. Al Dani se le vistió con características que son valoradas por la cultura pa’ generar una mejor negociación con los imaginarios simbólicos dominantes. Así como decimos en el Feis de las Ideas “el recorrido político y periodístico relevaban más sus ganas de surgir en la vida, de ser padre, de ser un buen trabajador (¡si hasta el jefe lo quería!) En fin, coherencias con las cualidades que el sistema valora”
En el caso de Valeska, su imagen se reduce a una idea de femineidad demasiado masculina. Lo dicho confronta la masculinidad desde otra posición que no permite con facilidad su higienización, es decir, la limpieza u ocultamiento de aquellas características que la cultura ha devaluado. El ejercicio sería transformarla en mujer o en madre. Sin embargo, eso entra en pugna con su sentido hegemónico, pues una sujeta que no se funda en un sentido reproductivo, que no se subordina emocional y económicamente a un hombre, es incoherente con el sentido opresivo que el modelo masculino heterosexual ha organizado para ella, para nosotras, para todas.

Daniel es higienizado y así preserva la cultura –basta relacionarlo con las tensiones entre sexualidad homosexual femenina/masculina– dando origen a la ley Zamudio bajo marcos de subrepresentación de la voz lesbiana. Valeska no puede ser higienizada, porque como “producto de limpieza” o así tortillera como es –como somos– pone en jaque la naturaleza hétero de la normalidad. Si la violencia que la afecta se asume desde una posición radical de transformación, desestabiliza el ordenamiento simbólico. Y eso a la masculinidad no le gustará mucho.

El caso de Valeska y de Daniel ponen en juego la democracia que construimos. En estos se conjugan la clase pobre, el género devaluado siempre cuando es femenino, la raza asociada a lo rural (en el caso de Valeska), es decir, las principales variables en las que se sostiene la opresión. De esta forma el significativo silencio social nos plantea interrogantes a todas las mansas, que debemos responder pa’ no pasar por mensas. ¿Cuáles son los contenidos del género que habitan las alianzas sociales? ¿Cómo dichos contenidos alimentan o no la solidaridad entre mujeres, entre lesbianas entre los feminismos, entre todas las personas? ¿Cuáles son las prácticas de poder –ahora en tiempos de asambleas de todo tipo– que yacen naturalizadas y que inciden en la reproducción del“cambia poco para que no cambie nada” la masculinidad?
Responder a esto puede gestar la reorganización de nuestras luchas y el nuevo despertar de nuestros estados de alerta. De ahí su importancia.

Iris “Toli” Hernández es parte del blog “Colectiva Ideas sin Género”. Revísalo aquí.


©KLL


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